Paracaídas para andar por el mundo

Decía Eduardo Galeano en un delicioso artículo cuya lectura recomiendo: “Me caí del mundo y no sé cómo entrar”. Yo no he caído todavía, pero doy traspiés continuamente, intentando mantener el equilibrio en un mundo que a veces me resulta extraño. O será que pierdo adaptabilidad en proporción inversa a lo que gano en años.

Dicen los nostálgicos que todo era antes más duradero: los muebles, los coches, las modas y también las relaciones, incluso las malas relaciones. En este ultimo caso su durabilidad obedecía a razones económicas, sociales o religiosas, o quizás simplemente al temor a caerse de ese mundo conocido que constituye el cascarón de toda existencia.

Es este un mundo de cambios que en ocasiones se suceden con tanta rapidez, que llega uno cuando aún no te habías habituado al anterior. En otras, el cambio existe solo en la palabra que lo define.

Los muebles de antes eran “para toda la vida”, no la tuya sino la de ellos, que solía ser más larga y les permitía ser usados por más de una generación. Tan larga singladura justificaba los arañazos y desconchados en el barniz y la fractura de patas y ornamentos; pero se reparaban, se repintaban y podían durar una generación más. A eso se le llamaba conservación.

Hoy, por moda o por crisis, seguimos pintando los muebles viejos y cambiando sus elementos estropeados. A eso se le llama tuneo.

Las cajas de zapatos servían de contenedor a cualquier cosa: botones, documentos e incluso zapatos. Eso era aprovechamiento. Hoy, a las herederas de aquellas cajas se las forra con un papel molón y se guardan en ellas botones, documentos e incluso zapatos. Eso es reciclaje.

En mi niñez, cuando volvíamos a casa con un siete en la ropa, las madres tejían sobre él un entramado de hilos que tenía por objeto disimular el roto para que pasara lo más desapercibido posible; el nombre de aquel trabajo era zurcido.

Las madres de hoy cubren el siete con una flor de tela, un corazón o la bandera de EE.UU.; a eso se le llama creación artística y sirve, además de para prolongar el uso de la prenda, para colgar su foto en las redes sociales.

Con todo, reconozco que hay cambios indiscutibles que me hacen añorar los viejos tiempos, cuando los zapatos eran más cómodos, las cremas de belleza más efectivas y las agujas de coser se fabricaban con el ojo más grande, en consonancia con el hilo que tenía que pasar por él.

Pero hay que ir con los nuevos tiempos, caminar a su ritmo aunque sea apoyados en un bastón y procurar no caerse del mundo, como Galeano. Por si acaso, salgo a la calle con paracaídas. Paracaídas de humor y gafas de cristal rosa.

chica saltando con paraguas

ENTRE LOS CARDOS

(Relato premiado en el I Certamen de Relato corto Día de la Mujer, de Nulesw)

Libre. Por fin vivo libre, sin miedo y asumiendo que esa libertad forma parte de una actitud ante la vida. Mi actitud de hoy es fruto de un largo adiestramiento, del fortalecimiento de mi personalidad, anulada en el pasado.

Llegué a esta ciudad hace un par de años y  aunque hoy me siento parte integrante de ella, cuando llegué me daba lo mismo un sitio que otro; mi único objetivo era huir, poner distancia entre mi pareja y yo.

Mi historia no tiene nada de especial, es la misma de tantas otras mujeres que empiezan ilusionadas una relación. Todo es maravilloso; él está pendiente de ti, te quiere tanto que le molesta que otros hombres te miren, que salgas sola, que tardes en llegar a casa, que te maquilles…incluso te halagan sus celos, piensas que donde hay celos hay amor.

Poco a poco su actitud se endurece y empieza a culparte del interés ( a veces inexistente) que puedas despertar en alguien del sexo contrario, te acusa de salir a la calle con la falda demasiado corta, el pantalón demasiado ceñido o la camiseta demasiado fina. El siguiente paso es el insulto: – Golfa, más que golfa, siempre provocando…

Un día protestas tímidamente y apuntas que quizás sería mejor “darnos un tiempo”. La frase tiene el significado de un portazo y él no está acostumbrado a que le den con la puerta en las narices.

– ¿Y qué harías tú en ese tiempo, mantenerte con tu fabuloso sueldo de camarera?…porque para otra cosa no sirves.

Te vas hundiendo poco a poco, tanto que no eres consciente de ello y piensas que posiblemente tiene razón, que no puedes aspirar a nada mejor. Finalmente llega el día en que el ataque verbal no basta ya para satisfacer al hombre de la casa, el amo, el que paga el alquiler, el que decide y piensa…Tú ya has dejado de pensar y te da lo mismo que tenga o no razón. Hasta que te cae la primera bofetada; no la has visto venir y te quedas paralizada por la sorpresa, con los ojos muy abiertos y la mano en la mejilla. También él parece algo sorprendido por su comportamiento y es el primero en reaccionar:

 – Lo siento, lo siento…no quería hacerte daño, pero es que me sacas de mis casillas. No volverá a ocurrir, te lo prometo.

Las promesas se las lleva el viento y él vuelve a pegarte y a pedir perdón y tú vuelves a llorar y a perdonarle, inmersos ambos en un círculo vicioso sin salida. Un día su puño se vuelve más contundente y te deja un sabor de sangre en la boca y un diente menos, pero no se da cuenta porque después del golpe sale de casa apresuradamente.

– Me voy, que no quiero cabrearme.

Te quedas escupiendo tu sangre mientras piensas: -Ah, pero esto ¿lo ha hecho sin cabrearse?

Armada de valor, recoges el diente y te vas al cuartel de la Guardia Civil. Te hacen fotos, te curan, tramitan la denuncia y con la orden de alejamiento firmada por el juez, te acompañan a casa a recoger tus cosas. Y tu hermana te acoge de momento en la suya.

Pero él no se resigna y suele esperarte a la salida del trabajo, te amenaza, te llama cabrona y se pasa por el forro la orden de alejamiento. Las denuncias se suceden y también las detenciones sin mayores consecuencias. Una noche te ataca por sorpresa en una calle solitaria y te deja inconsciente sobre la acera junto a las bolsas de la compra y su contenido desparramado a tu alrededor.

Te despiertas en el hospital, donde permanecerás durante los siguientes 15 días. Cuando te dan el alta él está en la cárcel, pero sabes que es un alivio momentáneo y decides poner tierra de por medio.

En los Servicios Sociales te informan, te aconsejan…pero tú estás muerta de miedo e incapaz de pensar con claridad, solo sabes que quieres perderte en algún lugar lejano, engullida por unas calles anónimas e ilocalizables. Y acabas aquí…o allá…en un lugar alejado geográficamente del que fue tu residencia habitual. Y con un modesto equipaje bajas del tren en una estación desconocida, similar a centenares de estaciones.

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El Centro Mujer 24 Horas está en la 2ª planta de un edificio sin pretensiones, en una de las principales calles de la ciudad y solo lo identifica una pequeña placa junto a uno de los timbres del portal. Saben de mi llegada y me esperan. Trabaja allí un pequeño grupo de mujeres: abogadas, asistentas sociales, psicólogas…todas mujeres, excepto el corpulento guardia de seguridad.

Una de ellas me lleva en su coche a un piso de acogida que compartiré a partir de ese momento con otras dos mujeres. Sus historias son tan parecidas a la mía que parecen el mismo guión con ligeras variaciones. Pero aún tenemos algo más en común: nuestro resentimiento, nuestra desconfianza hacia todos los hombres y nuestra percepción de la vida como un campo sembrado de cardos espinosos donde vas dejándote la piel a jirones.

La identidad de las ocupantes de los pisos de acogida no se revelan a nadie en absoluto, lo que contribuye a que poco a poco se diluya el miedo en un ambiente de normalidad. Trabajamos las tres, yo en una fábrica de turrones. El tiempo nos ha convertido en amigas, no íntimas, pero sí cercanas y leales. Nos sentimos seguras y va aflorando en nosotras un cierto sentido del humor y una perspectiva de la vida más serena, aunque yo sigo acudiendo a las entrevistas con la psicóloga del Centro Mujer.

Cuando hace casi un año de mi llegada, me entero por mi hermana de que mi ex-pareja vive con una joven forastera y me alegra comprobar que el nombre otrora odiado y temido, me deja indiferente. Pero no puedo dejar de pensar en la chica que servirá de desahogo a su ira cuando pierda el atractivo de la novedad. Losé, sé que lo hará porque es algo inherente a su naturaleza, como las espinas al cardo.

Sé hoy que antes de los golpes hay unas señales que los anuncian: el control, los comentarios vejatorios, sarcásticos, la humillación… y si ignoras esas señales de maltrato psicológico, posiblemente llegue el físico. No funcionan las promesas, las lágrimas, las excusas ni una pretendida reparación de la ofensa a base de regalos o de flores. Lo único efectivo es expulsarlo de tu vida.

Dicen que al gato escaldado le basta el agua tibia. A mí ni siquiera eso, me había cerrado en banda a cualquier relación con los hombres y persistía en mi interior un obcecado rencor hacia todos ellos. Cuando la psicóloga advirtió que no hacía nada por deshacerme de aquel sentimiento, me contó una historia.

– De vez en cuando hay arrepentimientos sinceros, muy de tarde en tarde, es cierto, pero lo suficiente como para no meter a todo un colectivo en el mismo saco. Esta es la historia de una mujer como tú, que se casó enemorada y que sin saber cómo vio su matrimonio convertido en una cadena de salidas de tono, de silencios opresivos y de discusiones. La última fue en presencia de la madre de él, aunque no les importaba porque la disputa iba subiendo de intensidad.

La señora, viuda, también había soportado en su matrimonio la violencia doméstica, pero en aquellos tiempos las mujeres callaban y aguantaban, celosas de su patética intimidad. En un momento dado intervino dirigiéndose a ambos.

– Por favor, dejadlo ya… hay otras formas de solucionar las cosas.

– Mamá, no te metas, esto no te incumbe.

La mujer quedó quieta y silenciosa hasta que advirtió la mano de su hijo en el aire en dirección a la cara de su nuera, interponiéndose en su trayectoria y recibiendo la brutal bofetada. El hombre miró con incredulidad la figura caída en el suelo: ¿había hecho él aquello?… y com una secuencia de viejas fotos olvidadas, recordó a su madre caída en otro suelo, protegiéndose la cara con los brazos mientras el niño que era él lloraba e intentaba apartar al hombre de correa en mano. Ayudó a su madre a levantarse mientras se deshacía en excusas entrecortadas.

– Mamá,,, mamá, lo siento… lo siento tanto…

La mujer le miró con severidad.

-¿Ves como sí me incumbe? Me incumbe porque no tolero la violencia, ya no. Me incumbe porque mi hijo es asunto mío por muy adulto que sea y porque sigo confiando en que crié un ser humano y no una bestia.

-Perdóname, mamá…no sé cómo pudo ocurrir.

-Es a tu mujer a quien debes pedírselo, a ella iba destinado el golpe.

Interrumpí a la psicóloga con ironía.

-No me digas que a partir de entonces el hombre se convirtió en un manso cordero y fueron todos felices.

-No, él sigue teniendo su genio, pero también yo tengo el mío.

-¿Y qué tiene que ver tu genio con la historia?

-Todo. Los dos tenemos carácter pero aprendimos a encauzarlo y a respetarnos… aunque fue mi suegra la verdadera artífice del cambio, la que le hizo ver en su persona la imagen de cualquier mujer.

-¿Eras tú?

-Sí, yo, ya ves. Una mujer fuerte, con carrera, sin necesidad de depender económicamente de nadie. Pero a veces la dependencia es emocional o social o de cualquier otro tipo. Te preguntarás si se puede ser feliz llevando a tus espaldas una experiencia como la mía… Bueno, soy razonablemente feliz. Jamás hemos vuelto a hablar del asunto y me consta que él se esfuerza cada día en reparar el daño de aquel período, en que yo olvide; no lo hago, eso no se olvida. Pero la intervención de su madre fue el revulsivo que él necesitaba y sé que si hubiera recibido yo el golpe, habría sido el primero y el último.

Salí del Centro Mujer con talante reflexivo y una nueva opinión acerca de los hombres. Entendí lo que la psicóloga quería decir: se puede recuperar a alguien del borde del abismo, cuando todavía no ha iniciado la caída. Solo hay que encontrar el freno adecuado en cada caso. Y sobre todo, son minoría quienes se acercan al abismo.

Dejé de lado mis recelos, dejé de considerar a cualquier hombre como mi enemigo y volví no solo a hablar con ellos, sino también a escucharles. Comprobé que entre ellos abundaban los valores que antes les negaba, ya de entrada: la sinceridad, la paternidad responsables, la alegría sana, el amor, el espíritu de sacrificio, la camaradería… Entendí que no podía juzgar a todos basándome en mi particular experiencia y que la vida me ofrecía la posibilidad de otras mil experiencias más.

Libre, lo dije al principio de mi relato. Tengo la libertad que me faculta para desarrollar mi personalidad sin sometimiento a la de nadie.

A día de hoy sigo trabajando entre turrones, preparando mi boda con el vigilante de seguridad de un centro comercial, aunque yo lo conocí en el Centro Mujer. Tras su aspecto de gladiador se esconden una encantadora ternura y el más profundo respeto.

La vida no es un cuento de hadas, sería pueril creerlo. Pero entre los cardos, ahora lo sé, crecen algunas flores. O quizás mirando desde otra perspectiva, es entre las flores donde crece algún cardo.

cardo borriquero

 

 

 

 

 

Cuando vestíamos de luto

Mi primer acto de rebeldía “público y notorio” fue mi negativa a vestirme de luto por la muerte de mi abuelo. Mi madre se puso de negro desde las medias hasta el cuello – allá ella – pero yo tenía 16 años y veía mis siguientes seis meses aplastados por un luto que me parecía ajeno: mi abuelo residía en otra ciudad y le veía de tarde en tarde, sin llegar nunca a establecer con él una relación más allá de la marcada por el respeto a los mayores.

Pero además, pensaba, aquellos seis meses se podían prolongar porque, ya puestos a invertir en una ropa que no necesitaba, mi madre podría intentar rentabilizarla algunas semanas más…y la ropa de luto es indestructible. Durante mi niñez, cuando para afrontar un luto se teñían de negro las ropas en uso, el color iba perdiendo intensidad con el tiempo, tomaban todas las tonalidades parduzcas imaginables, pero no se rompían. Se reteñían y p’alante.

Pero existía otro factor que me hacía odiar el luto y era el agravio comparativo que suponía para las mujeres: los hombres solo mostraban su condición de “dolientes” mediante una corbata o un brazalete negro; a veces bastaba un simple botón negro en la solapa de la chaqueta, mientras las mujeres eran sometidas a un duelo estricto no solo en el vestido, sino en la vida social: prohibido el cine, los bares, los bailes… y el duelo social era más asfixiante cuanto más atrás nos remontamos en la historia de nuestra España rural, más resistente ante el progreso y los cambios en las costumbres.

El duelo, en la mujer, claro, que era la portadora (el hombre era portador de valores eternos, como nos enseñaba la doctrina falangista) tenía unos periodos definidos atendiendo al parentesco, siendo el periodo máximo por el marido o por un hijo y siguiéndole en orden decreciente los padres, hermanos, abuelos, tíos y primos… lo cual explica que en generaciones anteriores, una mujer se pasara la vida vestida de negro empalmando el final de un duelo con el inicio del siguiente.

En el primer tercio del siglo XX, las tarjetas de visita y el papel de cartas todavía llevaban un reborde negro cuando había fallecido algún miembro de la familia. Obviamente, es una costumbre que no he conocido, pero sí conocí una curiosa señal de duelo totalmente ilógica, aunque debo decir que solo la mantenían las mujeres de más edad; era la de no mostrarse en público si no era absolutamente necesario, con lo cual, si querían ir a misa, lo hacían de madrugada. Tampoco salían a hacer la compra ¿…? que encargaban a alguna vecina de buena voluntad.

De esta última costumbre puedo dar fe. Tendría yo unos ocho años y una mañana, mi madre me envió a comprar el pan mientras ella preparaba los desayunos. Iba yo por la acera cuando de pronto una mano salió de una puerta entreabierta y me agarró el brazo dándome un susto tremendo; en la penumbra del hueco vertical distinguí la figura de una vieja vecina que me tendía una bolsa de tela y unas monedas:       – ¿Me puedes comprar una barra de pan?…es que estoy de luto.

Recuerdo que en mi niñez, la mayoría de mujeres del pueblo vestían de negro y con pañuelo del mismo color en la cabeza, como sacadas de “La casa de Bernarda Alba”. Hace unos cuantos años de eso, pero aún parecen más si se compara con la forma actual de afrontar la muerte, más natural, despojada de aquellos signos externos de duelo. El duelo no se impone: se siente y se actúa en consecuencia, sin exponerlo al público; o no se siente y se actúa también en consecuencia, sin tener que justificarse ante nadie.

luto

Atuperios y otros palabros.

Solo en boca de mi madre oí esa palabra, atuperios; y aunque mis hermanas y yo desconocíamos su significado exacto, ella le aplicaba un extenso abanico de posibilidades a su ambigüedad. Lo mismo servía para designar trastos, bártulos, accesorios, complementos, herramientas… y lo más fascinante era que la entendíamos, que sabíamos el uso que le daba en cada momento.

Hasta que ya adulta, mi curiosidad y mi pasión por la etimología me llevó a investigar su origen: nada. Habíamos pasado infancia y juventud entendiendo a la perfección una palabra inexistente.

Y recordé otra de su léxico particular, gobanillas, en este caso con la sorpresa de que el término era correcto aunque inusual. Gobanillas: parte de la extremidad superior, articulación entre el antebrazo y la mano, comúnmente llamado muñeca. Todavía usan ese término en algunos pueblos de Castilla, me imagino que gente mayor.

Lo mismo sucede con almario. La de discretos codazos y medias sonrisas que ha provocado la palabra, pensando que era una incorrección, cuando en realidad es uno de tantos vocablos que el uso arrinconó y cubrió de polvo.

 – Ja, ja… almario, sí hombre, donde se guarda el alma.

Haciendo valer los mismos argumentos, podríamos decir que armario es donde se guardan las armas.

Mi suegra, valencianoparlante, solía utilizar el verbo conjuminar, que yo creía una degeneración del lenguaje, uno más de los “palabros”  distorsionados a través de generaciones… resultando que es un término correcto de la lengua valenciana, aunque infrecuente y que significa ajustar, arreglar, acordar…

“Palabros” que me han enseñado algo: a consultar el diccionario cuando escucho alguno y a no juzgar de buenas a primeras a quien los dice, porque quizás su vocabulario sea más extenso de lo que en principio pueda suponerse. O quizás  posea un vocabulario pobre porque no ha tenido la oportunidad de enriquecerlo. O quizás (también, también) es consciente de su limitación académica y le importa un bledo porque a fin de cuentas, es esa su principal baza para trabajar en la tele.

huida de libro

Dúo perfecto.

Me ha encantado pintar a esta pareja de mediana edad, el aspecto de serenidad y confianza que desprenden. Es la imagen de una vida compartida, de dos unidades que acabaron siendo un dúo perfecto. Para conseguir transmitir esa sensación de “unidad de dos”tuve que hacer algún cambio en la colocación de las figuras de la foto original, inclinación de las cabezas etc… Este ha sido el resultado y me siento satisfecha. Espero que también ellos vean el espíritu de amor y compañía que he querido reflejar en el retrato.

libro 115

El juego de la política

Dicen que en la mesa y en el juego se conoce al caballero, englobándose en la frase también a la señora. No hay nada que puntúe mejor a una persona que su actitud en el juego, no solo el juego de azar, sino cualquier otro en cuyo tapete o ruleta nos sitúe la vida. Y de ellos, el más significativo, el juego político.

Soplan nuevos vientos, o nuevas brisas, o nuevas tempestades… ya se verá. Pasados pocos días de la toma de posesión de los nuevos alcaldes, de la reafirmación  en el poder de los antiguos partidos o del acceso de los nuevos, ya se han puesto los elegidos manos a la obra y los electores a analizar sus decisiones con el espíritu crítico a que tienen derecho, ya que gracias a ellos están los primeros donde están.

Muchos alcaldes han dejado de lado los coches oficiales para sus desplazamientos ordinarios, optando por el metro, la bici o la sana costumbre de caminar. Otra de las medidas más generalizadas y aplaudidas ha sido la de bajarse el sueldo: será conciencia ciudadana o populismo, pero de momento es un buen comienzo. (Aunque no todos han optado por esta loable decisión: el alcalde de Baena se ha subido de una tacada 9000 euros anuales, así sin más, porque yo lo valgo). Mal empezamos, Sr. alcalde. Y no creo que la ideología de su partido tenga nada que ver con el hecho de que emprenda Vd. su andadura con el pie izquierdo.

En la mesa y en el juego se conoce al caballero. Todos hemos oído la expresión: “tiene muy mal perder”. Sí, hay gente que tiene mal perder y otra que tiene mal ganar; hay que saber hacer lo uno y lo otro, hay que perder con dignidad y ganar con elegancia. No viene a cuento el insulto a los predecesores, el comentario borde y la crítica destructiva de lo que ya no tiene remedio; basta con la crítica comedida, firme y cívica, incluso aderezada con algo de ironía parlamentaria, pero sin salirse de los límites impuestos por la educación.

Tampoco viene a cuento por parte de los desahuciados consistoriales, el vaticinio de grandes males a cargo de los nuevos ediles: seamos serios, las bolas de cristal no parecen muy fiables y habrá que dejar pasar un tiempo para comprobar el talante de los recién llegados.

En este juego que parece no tener reglas, da la impresión de que todo vale, hasta rebuscar en los cubos de basura de la intimidad del contrario y sacar a la luz pública cualquier desecho hallado en ellos, aunque en algunos casos no tenga ninguna relación con el ambiente político ni sirva para nada como no sea poner en evidencia al delator: intimidades domésticas, cotilleos,  rencillas familiares, infidelidades conyugales… de las que solo pueden pedir cuenta a su protagonista las personas directamente afectadas.

Pero sí estamos legitimados los ciudadanos para pedir explicaciones de la gestión política y económica, de esa sí, porque es nuestro bienestar, nuestro dinero, nuestros derechos, lo que manejan nuestros políticos. Esas son las reglas del juego que jugamos todos. Esperemos que quienes empiezan ahora la partida sean, además de buenos jugadores, caballeros.

 juego

La impunidad del menor

Conmoción en la ciudadanía que hoy, a 24 horas de la noticia que la generó, perdura. El chaval pirado que, armado de revólver, hacha, ballesta etc… siembra el terror en su colegio cargándose a quien se le ponga por delante, ha dejado de ser una imagen made in USA; esta vez el colegio, el autor de la barbarie y las víctimas son de casa, son nuestros. También es nuestro el sistema que está socavando los cimientos de nuestra sociedad.

Los maestros de hoy, alumnos de ayer, asisten con estupor al cambio impuesto por las nuevas directrices en la enseñanza y ven limitada su autoridad, siendo tomados en ocasiones por el pito del sereno al que nadie hace el menor caso; el hecho de coger a un gamberrete de la oreja para expulsarlo del aula, es hoy impensable. Hemos pasado de la vieja máxima “la letra con sangre entra” al temor de causar un trauma en el desarrollo psicológico del niño: de extremo a extremo, lo mismo que en el ámbito familiar donde hemos pasado del sometimiento total e incuestionable a la autoridad paterna, a la más absoluta impunidad del niño.

Los padres lo tienen difícil si les sale un hijo que no acata normas, ni se somete a horarios, ni asume responsabilidades, ni escucha, ni atiende, ni respeta y pretenden enderezar al disidente… ¿Qué pueden hacer cuando han agotado los argumentos, los castigos y la energía?… Al chaval ni tocarlo, que se puede romper. Por muy energúmeno que sea.

Algo falla en nuestro sistema judicial, que establece la edad penal en 14 años; yo me pregunto si a los 13 uno no distingue entre el bien y el mal y se ilumina repentinamente al cumplir catorce. Está claro que se tiene que establecer jurídicamente una edad, lo que no está tan claro es que no se pueda imponer un correctivo a alguien que roza la edad penal ante algo tan grave como un homicidio. Los jueces de menores no pueden hacer nada al respecto, aunque quieran. Cambiar la Ley del Menor corresponde a los legisladores.

No soy partidaria de los castigos físicos, de que la autoridad se imponga a base de golpes y correazos, pero…un par de sopapos en el momento oportuno suele ser una buena medida disuasoria.

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